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sábado, 16 de mayo de 2015

Bésame (5/3/2015)

—No entiendo.

Terminó el cigarro con parsimonia antes de hablar:

—La metáfora –comenzó con calma– es un universo distinto. Es mejor un cuchillo que besa una piel suave que una cuchillada a un ser inocente: dicen que mueres con una sonrisa.
—¿Por qué el beso?
—Porque el beso –y se inclinó para plantarle uno y llenarse con la calidez de sus labios antes de continuar– es una metáfora en sí. Si nos ponemos espalda con espalda, a pesar de estar desnudos, no sentiremos nada especial. En cambio la boca, esa pequeña ventana por donde saltan tantas cosas... si te beso los labios te beso las palabras con mis palabras, te beso la sonrisa y el honor; si te beso... puedo desarmarte, traicionarte, acariciarte el alma temblorosa y hacerle un espacio en mi fogata.
—¿Estás triste?
—Es mi deber estarlo: soy escritor. El escritor feliz es un sutil oxímoron. Y si estoy feliz, debo entristecerme, atiborrarme de «malinconia». Luego de sentenciar la hoja, se puede sonreír de nuevo. 
—¿Duele mucho?
—Pensé que hablaríamos de otras cosas. A veces duele un poco, por un error de cálculo. A veces es escandaloso y uno se asusta... pero generalmente no duele.
—¿Lo has hecho muchas veces?
—Sí. Ya es tarde... y "tarde" es precisamente la hora adecuada.

Y entonces se acostó en la cama. Yo estaba ahí, encerrado... ajeno e involucrado. Vi cómo la besaba por todo el cuerpo, unas 20 veces... hasta que se quedó dormida con una sonrisa.

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Desterrado Judas (16/2/2015)

«La sonrisa, a veces, es una respuesta» Anouk Scheifes.


—Una sola, ni más ni menos.
—¿Y luego?
—Luego bailamos en el puente. Mira que hay sol y llueve.
—¿Y al demonio de una mano?
—Un goodbye, un au revoir, un ci vediamo (magari no).
—¿Te desnuda?
—Son de lija las caricias, y los besos de un tal Judas.
—¡¿Y si yo...
—Hace frío, y me duele la cabeza. ¿Y si te robo los signos de interrogación? ¿Y si te llevo a otro lugar y los dejo en la mesa? No, no quiero otra cerveza, ni que hables, mucho menos. Quiero perderme en tu cuello, embriagarme con la bri... no se te ocurra hablar, sólo dilo con la boca, que en entender no tengo prisa... que con Judas desterrado, bailaré con tu sonrisa.


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Te estoy... cuidando (14/2/2015)

«And by the power of a word
I start my life again
I was born to know you
To name you

Freedom»
Paul Éluard - Libertè.


—Cuando cuente tres, saltas.
—¿No me pasará nada malo?
—Te estoy... –larga pausa, exhalación profunda, pulmones muertos por un par de segundos, palidez en su rostro, como si le costara la vida pronunciar la última palabra; ínfima inhalación, lo suficiente para pronunciarla– cuidando.

Allá abajo, el mar se empeña incansablemente (pero con completa inutilidad) en desintegrar las rocas. Se las llevan a la boca mil, dos mil veces, las bañan en sus fauces de hambre y desesperación... y muerden con sus dientes espumados, hasta soltarlas, intactas. El "te estoy... cuidando" retumbaba en su mente. Nada le pasaría.

—Uno.

"Te estoy... cuidando" y el viento haciendo guerra con sus cabellos. Unos puntos negros se acercaban desde el horizonte, señal de que el tiempo se agotaba. Ella extrajo delicadamente un desgastado libro de su bolsa y se lo entregó. Lo tomó, pero no lo abrió: sabía lo que era y no soportaría leerlo en ese momento. El frío atacaba su boca, pálida y reseca. Y ahora una gota entraba en su ojo y no volvería a llorar, para no desperdiciarla.

—Dos.

"Te estoy... cuidando", y los puntos negros ya eran jinetes armados, jinetes sucios y armados... jinetes endemoniados, sucios y armados. Ahora, las estrellas parecen más lejanas, falsas. ¿De verdad algo es real? ¿Será la fiebre que ya está acabando conmigo? 

Nunca escuchó el "tres"; la besó profundamente y luego contempló sus ojos por una fracción de segundo, mientras empezaban a llover las flechas. Sus ojos, sus ojos... Tomó impulso y saltó con fuerza, para no terminar en las rocas. Abrazaba el libro con fuerza y pensaba: "te estoy... cuidando". A veces se me derrama el veneno y lo dejo correr lentamente por mi cuerpo, trazando el camino, pero nunca perderé tus ojos.

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Sarita (24/1/2015)

—Concédeme esta pieza– dijo con un dejo de impaciencia, tomando mi rey de madera y ahorcándolo hasta que el crujido le arrebató a la vecina la pálida esperanza de besar a su marido una vez más, y la hizo despertar agitadamente; partiéndolo en dos sin un atisbo de nostalgia en su rostro, cuando ya yo estaba a un turno de darle un jaque mate inevitable.

—Sé gentil– alcancé a decirle, como lanzando palabras metálicas en una fuente de mala muerte, como corriendo en campo abierto contra un francotirador experimentado–, que llegué hasta aquí con el alma desgarrada. 

Me inquietaba la forma en que cerraba con fuerza su mano izquierda, mientras con la derecha me amaba con inigualable ternura y empeño; se paseaba por mi frente y yo cerraba los ojos, como gato agradecido. 

Creo que la besé en ese momento, pero no viene al caso. El motivo de esta inusual carta (y ya descubrirás qué la hace inusual, además de que omití deliberadamente que sus características acariciaran siquiera las de una carta común), es pedirte que te escondas minuciosamente apenas puedas. De hecho, me haría enormemente feliz que lo hicieras en este momento, antes de seguir leyendo la carta. ¿Ya estás debajo de las sábanas? ¿No responderás si tocan el timbre? ¿No saldrás si escuchas que entran a tu casa? ¿No gritarás si escuchas los pasos acercándose? ¿Contendrás la respiración si tocan la puerta de tu habitación, que por supuesto has de haber cerrado? Prosigue con la lectura, entonces. 

Lo cierto es que su ternura parecía completar mi vida, hacerme un hombre pleno. También parecía eterna, pero cesó súbitamente, sin ninguna causa palpable. 

Entonces su mano izquierda se abrió, y pude notar la dificultad con que sucedía. Descubrí dos monedas, exactamente iguales y bañadas en sudor. Creo que incluso tenían una llovizna de sangre, producto de la fuerza con que ella las había apretado contra su propia mano. 

Saltaron al tablero y comenzaron a girar; primero lento, luego más rápido. 

Sé que debí correr en ese momento, mientras las monedas todavía bailaban en la blanca y negra pista de baile, pero morí como mueren todos los que tienen siete vidas: por curiosidad. 

Cuando abrió la boca, su hermosa mirada estaba muy lejos: había sido remplazada por dos abismos inundados que gritaban miles de palabras, todas al mismo tiempo. 

—Sarita– dijo con una voz muy suya, pero que nunca había escuchado y me heló el alma–, Sarita, ¿es a él a quien quieres? 

Como única respuesta, las dos monedas detuvieron su baile en seco y cayeron (seguro despertaron nuevamente a la vecina. Pobre, ella que alcanza a dormir sólo unas pocas horas, entre el insomnio, el trabajo y la depresión. Me hubiese gustado poder haberle pedido disculpas, aunque no fui yo la causa del ruido), ambas con la cara hacia arriba. 

La inyectadora fue más rápida que yo... y sin embargo, creo que alcancé a besarla antes de quedarme dormido.

Huyamos (25/12/2014)

Lo que quedaba de mi guerra era un océano de sequía, donde los peces más tercos todavía aleteaban en el polvo. Eso, y la vieja biblioteca, donde en los peores momentos todavía aparecía un gato negro a reposar en mi pecho.

Salió de un libro, irreverente y asustada. Infringió la ley, al parecer; se robó la llave fría de alguna puerta del cielo.

Me dijo "huyamos" y la seguí sin pensarlo. Nos perseguían la policía y unos cuantos seres mitológicos. Y yo no había hecho nada, pero ella dijo "huyamos", y yo, como dije, la seguí sin pensarlo.

Comenzó nuestra huída, y las rosas lloraban al vernos correr, pero su sonrisa taciturna se pegaba a mis costillas. Sus palabras aleteaban, meciendo la llama de las velas. Las fogatas nos duraban poco, pero la llama que había en sus labios no se extinguía jamás.

Un par de semanas después nos vimos acorralados entre una patrulla y un viejo fénix, pero yo confié en ella y cual harakiri, hundí la llave en el charco de mi pecho y la giré con dolor, sangre y dificultad. "Huyamos", me dijo.

Siglos después, comprendí que no era ella, ni era yo... éramos todos.

Vivan - José Tedesco (21/12/2014)

"Ningún juego te hará olvidar: tu alma es una máquina fria, un lúcido registro" Julio Cortázar.

Cerró la ventana con ademanes de dama, cerró mi manzana con mirada de villana, ahorcó mis modales, me amarró a la cama...

Vivan los instantes eternos, la felicidad inagotable.
Vivan los encuentros a escondidas, las mil veces que te hice el amor.
Vivan los besos guerreros, que luchaban a muerte contra el mundo.
Vivan las sonrisas y las caricias que levantaban a los muertos y los ponían a bailar.
Vivan los discursos sin palabras.
Vivan las lágrimas, ¿por qué no? Las inagotables lágrimas, los recuerdos salados.
Vivan las mentiras y las heridas.
Vivan las noches de excesos donde los recuerdos vuelven como bestias hambrientas.
Viva tu ausencia, vivan las pastillas para dormir.
Viva el adiós.

Una coz por una dama (28/10/2014)

Lo sacaron de su casa fingiendo un simple interrogatorio. Las esposas parecían tragavenados de hielo, ansiosas por arrancarle las manos. 

Por la forma en que disimulaban su sonrisa y contenían las carcajadas de satisfacción, él sabía que no lo liberarían fácilmente, o que no lo liberarían en absoluto. 

Los muy idiotas le vendaron los ojos al llegar, como si no fuera a memorizar el laberinto silencioso por el que lo llevaban con rapidez. Izquierda, izquierda de nuevo, y la pistola dándole besos salvajes al tatuaje en su costilla. 

Cuando llegamos a la sala de tortura, le quitaron la venda y pudo ver que tablero y contrincante ya lo estaban esperando. En la sala contigua, y gracias al espejo/ventana, vio a una mujer, completamente sola, que nunca había visto antes y que no podía verlo a él. 

Y apagaban la luz cuando no era su turno, 
y quedaba ella, sólo ella su mundo. 
Y ya que no podía perder más nada 
y que su pistola estaba guardada, 
ya que no veía ni noche ni alba 
sino su cara desesperada, 
ya que no podía aliviar su carga, 
se dedicó a observarla 
con la mente perdida, 
pues podía ser lo último que vería. 

Encontró en un rincón 
un paseo en la playa 
con su camisa de rayas 
y un vaso de ron. 

Sólo ella, sólo él 
como dos amantes expertos 
como si sus cuerpos tuvieran 
el sabor del otro 
como predilecto. 

Como si ya hubiese estado 
mil y un veces sobre ella 
como si el dolor en su costado 
fuese su huella... 

Como si no se alejara cuando se enciende la luz. 

Pasaron juntos toda la velada, 
y con el calor que tanto anhelaba 
pudo ver que con pinceladas 
creaba justas y algarabías 
hasta que se hizo de día 
y el océano de sequía 
le dolió a su mirada. 

—Jaque. 

Le habían dado un par de minutos para soñar con aquella desconocida, pero ya volvía la amenaza del disparo y se encendían las luces para mostrarle el tablero. Su descuido salía caro, pues un alfil había penetrado en su defensa, y procedería a immolarse a cambio de la torre que le quedaba. 

—Todavía se puede– alcanzó a decir el caballo cuando saltó a interponerse entre el alfil y el rey, justo antes de que se apagaran las luces. 

En otro rincón 
encontró un templo 
y entró 
con determinación. 
Ya no hay alboroto 
ni huesos rotos, 
ni mucho menos 
desesperación. 

Ve la estatua 
con una estaca 
y en seguida nota 
que lo está viendo. 

No sé si magia, 
no sé si rito, 
abre los ojos, 
vomita gritos, 
le escupe muerte, 
comienza un sismo, 
y sabe que la estatua 
era él mismo. 

—Jaque. 

El tipo sabía usar los alfiles. Le obliga a quitar el rey y luego su propio alfil estará fuera de juego, pero cuando lo hace, la carcajada es inevitable. 

El vidrio se empezó a resquebrajar cuando deslizó suavemente la dama por una larga diagonal, hasta dejarla frente a frente con el rey oponente. Su torre pareció salir corriendo por sí misma, hambrienta por la presa. La dama entendió lo que pasaba, pues salió ella misma del tablero, sin quejarse, con un beso en la mejilla. 

Cuando tomó el caballo para dar el salto que tenía planificado, el vidrio estalló en mil pedazos. El movimiento fue rápido: el caballo clavó una coz en la cara del rey. Alcanzó a decírselo, por satisfacción personal, antes de tomar a la mujer y comenzar a correr: 

—Jaque mate. 

Todos sacaron sus pistolas, todos las vaciaron, pero era muy tarde. Ya el dolor en el costado se había ido, ya vivían otra historia, ya otra partida había comenzado. Ya estaban en la playa, o en el templo, o en otro lado... como un ataúd, por ejemplo. 

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